Nov 16

Por @vicent_mari

 

     Nunca olvidaré el momento en que tu mirada fue a chocar con la mía. ¿Lo recuerdas? Sucedió ese tres de octubre, el segundo día de clase. Entraste con tu amiga casi diez minutos tarde, llevabas aquella ropa oscura asomando tímidamente la cabeza por la puerta y una de las primeras miradas que encontraste entre todo aquel mar de ojos que se volvieron a observaros fue la mía, que estaba perdida junto a la puerta.

     Pero antes de eso, antes de que tú me vieras, yo ya te había visto. Antes de que supieras de mi existencia, ya te había descubierto. Te había visto en las largas y calurosas noches de verano, con tu grupo de amigas, disfrutando de la música, el baile y la madrugada. Lo nuestro era el perfil del desencuentro. Podíamos cruzar nuestros pasos varias veces en la misma noche pero era difícil que coincidiéramos. Cuando nosotros salíamos, vosotras entrabais y viceversa. Era fácil guardar en la memoria tu imagen extasiante. Recuerdo cada uno de esos pequeños e imperceptibles detalles que te hacían especial ante el resto. Me encantaba tu mirada afilada, aquellos ojos rasgados que envolvían todo el mundo en ellos, tu pelo largo y brillante mientras bailas…

     Ahora sé que no fue casualidad que todos los sábados que subía a San Antonio, os encontrara en algún lugar de nuestra ruta. Era una señal, un guiño de ese destino caprichoso que juega con todos nosotros. A veces coincidíamos en las escaleras del Troops o el Tropicana, cuando nosotros nos íbamos y vosotras llegabais. Otras veces en el Casanova, donde sólo se pinchaba música española. Algunas veces nos quedábamos charlando en la calle, donde podíamos ver como llegabais y os marchabais. Erais el centro de las miradas y el deseo de los que nos concentrábamos allí. Lo sabíais y eso os divertía. Se percibía a través de vuestra sonrisa pícara. En alguna ocasión os encontramos más tranquilas y serenas tomando algo en el Colon, ocupando una mesa al fondo, disfrutando de una conversación y unas risas. Casi todos los fines de semana tu imagen formaba parte de mi panorama visual. Contemplarte era toda una fiesta para mis ojos y lo hacía siempre que podía, disimuladamente, sin delatarme.

     A pesar de lo tentador que era, nunca hicimos el intento de acercarnos e intentar conoceros. No hubiera fructificado. Erais princesas que veníais de algún sueño, como si alguien os hubiera inventado. Nosotros éramos otra cosa. Eramos tipos que vivíamos al margen de las reglas más elementales y eso tejía una burbuja que nos aislaba del resto. A veces me preguntaba por qué los demás nos evitaban. La respuesta es que nuestra naturaleza era evidente para todos los que estábamos fuera de nuestra piel. Teníamos todo el aspecto de lo que éramos. Vivíamos superficialmente, sin profundizar en nosotros ni en los demás. La ignorancia da la felicidad y en lo que a mí se refería, era un ignorante, pero también un infeliz. Esa sensación lúgubre y vacía que vivía conmigo se había vuelto soportable y en aquellos momentos no concebía mi vida sin ella.   

     Todavía hoy, como si fueran diapositivas que van pasando sin control, con frecuencia aparecen en mi memoria imágenes de algunos momentos en los que ambos teníamos una vida alejada el uno del otro. Momentos en los que coincidimos durante un breve espacio de tiempo. Imágenes en las que apareces con tus amigas y se plasma vuestra elegancia y esa belleza cálida e inmaculada. Erais princesas. Ya sé que puede parecer exagerado, pero lo erais. De la primera a la última. Recuerdo aquella chica a la que llamábamos “la chica del dragón” por su tatuaje en el brazo. Nunca soltaba tacos. Llevaba el Golf de color marino con el que llegabais. Vuestro carruaje.

     Yo venía de una breve y casi inexistente relación en la que no es que saliera herido, pero sí tremendamente confuso y aturdido. Mis emociones se habían bloqueado debido a un dilema del cual elegí salir como perdedor y cuyas consecuencias me habían condicionado más de lo que creí posible, ya que me impidieron enamorarme durante más de un año y medio. Después de Elsa vino una larga travesía de soledad sentimental. Pero a pesar de esa soledad, no fue una etapa triste. Al contrario, llena de luz y conocimiento. Aproveché ese tiempo para aprender sobre una amplia variedad de cosas.

     Aquella decisión, aplaudida en un primer momento por mi entorno más próximo y apreciado, hacía tiempo que había dejado de ser tan buena por la agria sensación de soledad que me había dejado desde entonces, apenas año y medio después. En todo ese tiempo, me ví incapaz no sólo de enamorarme sino sencillamente de empatizar con otras chicas a no ser que ellas hicieran todo el trabajo, algo que nunca ocurrió. Yo no estaba por la labor de iniciar ningún contacto, como si supiera que toda relación en ese sentido acabaría por dañarme. Hasta que apareciste tú y con tu magia rompiste el maleficio. ¿Cómo no iba a romperse ante semejante encanto, con ese hechizo sensual que te rodeaba? 

     Pero no había llegado a ese estado de levedad y vacío por azar o por una mala decisión. Era algo más complicado. El hilo que me había llevado hasta allí comenzaba varios años antes, a finales de 1.990. Aquella cadena de sucesos tiene mucho valor para esta historia, y pertenece a otro episodio de mi vida que está perfectamente documentado. Aunque hemos hablado de esa etapa en alguna ocasión y conoces los detalles, dame el placer de contarlo una última vez.

     Mucho han cambiado las cosas desde entonces. En aquel tiempo, mi círculo de amigos se reducía cuatro o cinco. No recuerdo que tuviera más. Aunque definir aquel grupo como amigos no es lo correcto, yo los llamaba así. De todos ellos, no había ninguno en el que pudiera confiar lo más mínimo. Todos se vendían a la menor oportunidad si con ello sacaban algún beneficio. No había conocido otra cosa, así que definía aquello como amistad, aunque en mi interior pensaba que debía existir algo mejor que aquello. Compartía mi tiempo con ellos y ellos hacían lo mismo conmigo. A falta de algo mejor, era lo que había. Al igual que ellos, me sentía perdido, sin saber lo que quería hacer en el futuro y sin saber lo que quería hacer en el presente. Sólo consumía el tiempo y mi vida de forma que no fuera especialmente dolorosa. Me acompañaba una sensación agridulce mezcla de levedad y vacío que anegaba todo mi ser. Simplemente quemaba el tiempo. Mi única evasión consistía en escribir, leer y ver películas.

      Entonces apareció Lina, una preciosidad que me hizo perder la poca razón que conservaba. Poseía esa combinación de belleza e inocencia a la que era difícil resistirse. Por aquel entonces era muy susceptible a esa clase de amor más primitivo y engañoso: el amor a primera vista. Lina tenía todos los ingredientes que a mí me atraían: guapísima, con unos ojos llenos de luz y fantasía, un pecho generoso, vientre plano, piernas largas y una sonrisa que invitaba a soñar. A pesar de que la rondaban una gran cantidad de admiradores, mi escasa visión enfocaba aquella criatura y la idealizaba ciegamente. Quería creer que tenía alguna posibilidad de llegar a algo. A veces coincidíamos en algunos locales de ocio y mi imaginación desbordada ya especulaba que estaba allí por mí. No me cuesta reconocer que era un completo idiota. Fui alimentando ese sueño y de pronto, la realidad llegó inesperadamente y fue como chocar contra un muro. Cuando no lo esperas y encuentras al objeto de tu deseo en brazos de otro compartiendo besos y caricias, la realidad se hace difícil de asumir. Un día tras otro, semana tras semana, empezó a frecuentar la compañía de un tipo que ni de lejos le llegaba a la suela de los zapatos. Era un guaperas que tenía el cerebro de un armadillo. El shock me dejó desorientado y estuve unos días en los que la visión del mundo quedó un tanto alterada y desenfocada.  

     En ese estado de desequilibrio emocional, la casualidad hizo que, una tarde,  accidentalmente entrara en contacto con alguien con un talento especial, que desde el momento en el que lo descubrí envidié desesperadamente: Veía a los demás tal como eran y no como aparentaban. Leía en las personas como si estas fueran un libro abierto. Las descubría. Podía ver lo que ocultaban con sólo una mirada. Controlaba ese tipo de indicadores que delataban a los demás. Sabía cuando alguien no era fiable aunque lo aparentara fielmente. Utilizaba ese talento para las timbas de cartas y algún otro tipo de asuntos. Los demás creían que tenía suerte, pero yo supe la verdad en cuanto le vi actuar, y el hecho incuestionable era que, a pesar de su edad, un año mayor que yo, aquel tipo había desarrollado aquella extraordinaria capacidad que descubrí  por estar en el lugar indicado en el momento indicado. Pura casualidad. Pero como no creo en eso, llamémosle Destino.

     Dicen que cuando uno está preparado, el maestro aparece. Esa fue la sensación que tuve. Aquel talento que, incomprensiblemente, pasaba desapercibido para la gente que le rodeaba significaba para mí una mina de oro. Un nuevo comienzo, la firme posibilidad de ser especial, de confiar en otros, de alcanzar una seguridad personal, de tener algo que los demás no tenían. Me imaginaba con aquel talento y violentos escalofríos recorrían mi cuerpo. En aquel tiempo mis relaciones eran confusas en las que primaba la desconfianza y el miedo. No me abría con los demás por que no podía ver sus verdaderas intenciones, y eso me frustraba terriblemente, empujándome en ocasiones hacia comportamientos violentos y autodestructivos. La mentira se convirtió en un recurso de autodefensa habitual, mi segunda casa. Se convirtió en un hábito. Mentía incluso sin necesidad, cuando no lo necesitaba. 

     Ver en los demás lo que estos no querían mostrar era una ventaja que no estaba dispuesto a dejar pasar. Lo veía como un punto de inflexión en mi vida. Un punto de apoyo sobre el que despegar y alejarme de ese simulacro de vida que estaba viviendo. El primer paso era encontrar a aquel tipo, así que me puse a la tarea e investigué hasta encontrarle muy cerca. ¿Su nombre? Llamémosle Jota.

     Estuve un par de días reflexionando y finalmente, decidí dar un paso más e ir a su encuentro. Mi intención, por vergonzosa e inverosímil que pueda parecerme ahora, era pedirle que me enseñara a ver en los demás de la misma forma que lo hacía él. Estaba convencido de que era como un truco de magia, que podía aprenderse. Años después veo aquella propuesta como un disparate, pero para un tipo inmaduro y desesperado, era perfectamente lógica. Aquel talento me permitiría no sólo relacionarme mejor con otras personas, sino también, y quizá por encima de todo, llegar a seducir a Lina. Yo no tenía nada que ofrecer salvo a mí mismo, y después de todo lo que había sufrido, veía como mi vida a la deriva se despeñaría de un momento a otro y que probablemente, aquel dramático desenlace era inminente. Puse las cosas sobre la balanza y tomé una decisión.

     El primer encuentro con aquel tipo fue un fracaso porque no llegó a producirse. Jota era un personaje atípico y demoledor, y uso ese adjetivo final para definir esa extraña mezcla de atracción y rechazo que desprendía. Tenía un aura tenebrosa. No exagero ni un poco.  Aunque nunca tratamos el tema, he llegado a la conclusión de que proyectaba esa imagen de forma deliberada. Era de ese tipo de personas para las que no hay término medio. O todo o nada. Lo amas o lo odias. Tenía ese aura de tipo distinto y especial, ese magnetismo que combinaba lo inteligente con lo animal y que era difícil pasar por alto. Se le veía que era todo un seductor y un manipulador, un tipo con el que había que mantener la prudencia.

     Durante ese primer encuentro frustrado, inesperadamente supe que la piel de aquel tipo tenía un precio para cierta gente y que hubieran agradecido bien la información, lo que me proporcionó algo de peso para la negociación que esperaba mantener con él. Esa información me dio seguridad para un segundo intento, que se produjo dos días más tarde y en el que sí llegamos a hablar. Venía dispuesto a chantajearle y obtener mi objetivo, pero no fue eso lo que ocurrió. Cuando le planteé mis demandas y lo que tenía para negociar, el tipo ni se alteró. Mantuvo sus ojos fijos en los míos y no cedió a mis amenazas. Tenía una mirada penetrante que parecía hurgar en mi alma. Estaba tranquilo y se le notaba seguro de sí mismo. Habló con voz pausada y tono sereno. Esa personalidad tan firme fue un imán para alguien tan inseguro y perdido como yo.

     No obstante, y a pesar de su negativa, aquel encuentro sembró el germen de algo totalmente inesperado. Porque ni en mis más abyectas y prohibidas fantasías me planteé una mínima amistad con aquel tipo y sin embargo, es lo que ocurrió. Sin presiones, sin amenazas, de forma natural. Al principio de forma tímida y con el paso de los días y semanas, aquella relación fue ganando peso. Desde nuestra primera reunión fuimos manteniendo un contacto irregular, y ese contacto afianzó aquel lazo que compartíamos. Recuerdo que después de Navidad, en los primeros días del año 1991 ya no tenía el miedo que me inspiraba aquel tipo al principio. Se inició una especie de círculo simbiótico en el que ambos, sin apenas hacer esfuerzo, alimentamos una amistad que se hizo fuerte y que me llevó a unos meses de actividad frenética, en los que viví aventuras y peligros que fortalecieron mi personalidad.

     Durante aquellos primeros meses experimenté un permanente éxtasis. Esas aventuras implicaban a muchas otras personas que, de una forma u otra, acabaron componiendo parte de mi vida. Conocí personajes que nutrieron mi intelectualidad y me dieron la fuerza necesaria para adentrarme en libros y temas que antes nunca me había planteado. Jota fue el catalizador que lo hizo posible. Tenía contactos interesantes y muy bien relacionados. A menudo hablábamos y de esas conversaciones extraje elementos para ganar seguridad y confianza a través de un conocimiento y una serie de acciones que cambiaron mi vida y mi forma de ver el mundo. Todos deberíamos conocer a alguien como él en algún momento de nuestra vida. Mi suerte es que le conocí en el momento perfecto.

     Jota, que al principio negó tener ese talento al que hacía referencia, capaz de ver en los demás más allá de lo que estos deseaban, a los pocos meses ya no le daba problema evidenciar esa capacidad delante de mí. Confiaba en mí sin reservas. Supongo que, a pesar de su negativa, supo que yo lo sabía y que no tenía ningún sentido negarlo. Aquella era una sensación nueva en contraste con lo que había vivido hasta entonces. A pesar de mi mayoría de edad, mis padres no me habían dado la llave de casa. Esa confianza me hizo sentir muy valorado. Más de una vez dio la cara para evitarme algún peligro y yo hice lo mismo y lo volvería a hacer. No todos los días eran pletóricos y victoriosos, pero la mayoría eran ese tipo de días que valían la pena vivir y contar.  

     Pero ver a los demás tal como eran, sin interferencias, no era el único talento que poseía. A pesar de su imagen inquietante, era un tipo extraordinario. Utilizaba sus habilidades para ayudar a los demás. Era capaz de crear emociones y sentimientos en los demás sin esperar nada a cambio. Como esos héroes de la pantalla que no esperaban el agradecimiento final y se pierden en el horizonte. Recuerdo un domingo por la tarde, sentados en una mesa en el pub “Prince”, playa den Bossa. Eramos unos cuantos. Nueve tal vez. Mientras todos los demás estaban jugando al Parchís, se acercó al oído de la chica que tenía al lado y susurró algo que pude escuchar.

- ¿Te has fijado en cómo te mira Marcos? No te quita la mirada de encima…

     Y media hora más tarde, en el transcurso de una partida de billar, se acercó a Marcos y le dijo algo similar.

- ¿Estas ciego? ¿No has visto como te mira Nuria?

     Y de pronto, dos personas similares, que nunca antes se habían fijado la una en la otra, empezaron a mirarse con otros ojos y surgió una chispa que lo incendió todo. Jota tenía su propia forma de entender las relaciones y solía decir que muchas veces, es muy poco lo que se necesita para hacer felices a los demás, que sólo era una cuestión de voluntad. Decía que todo lo que hacemos tiene sus consecuencias con una teoría que denominaba el péndulo. Venía a decir que no importa lo fuerte que empujes el péndulo, siempre volverá a ti. Como las acciones que hacemos. Por eso, mejor hacer cosas que quieras recibir.  

     Deseché lo que había conocido como amistad y que sólo era un sucedáneo de mala calidad y aprendí un nuevo concepto, en la reprocidad que eso implicaba, del papel que una persona juega en relación con otros, con los que se relaciona e incluso con los que no. Creo sinceramente que una persona, por leve y pequeña que sea, tiene la capacidad para influír, y de hecho, influye en los demás. Comprendí lo que el mundo podía esperar de mí, y eso dependía sólo de mí, de cómo me viera y me valorara. Creo que nuestro planeta es un ser vivo, y como tal, tiene conciencia. Nosotros, los que la habitamos, somos su parte consciente.

     Durante aquella etapa me relacioné mejor y más profundamente con una amplia variedad de gente y aprendí una serie de recursos que como mínimo, me aseguraban una oportunidad para conquistar el amor con independencia de la persona y las circunstancias, siempre y cuando estas no fueran extremas. Volví a escribir relatos cortos, ya que me motivaban más que los grandes relatos, y durante un tiempo amplié mis horizontes experimentando con la poesía. Jota también escribía, aunque su campo no era la ficción, un género que a mí personalmente me encantaba. Ambos pensábamos que las palabras, ya fueran escritas o leídas, habladas o escuchadas, tenían el enorme poder de cambiar la forma de ver y pensar de las personas. Motivado por el convencimiento de que el talento se ha de trabajar y moldear mediante la practica, me propuse el reto de escribir un rato al día, un folio o media hora, sobre cualquier cosa, fueran opiniones, cuentos o relatos. La cuestión era escribir, trabajar, moldear, pulir…

     Dejé los libros de ficción, aventuras y novela negra que tanto me gustaban y empecé a leer otro tipo de libros con los que Jota había aprendido a desarrollar su habilidad. Libros sobre grafología y análisis de firmas, lenguaje corporal, sobre dinámicas de grupo, seducción, magia y juegos de cartas, acertijos, sobre capacidades ocultas de la mente, y otros temas similares se convirtieron durante casi dos años en libros que no sólo leía, sino que a menudo consultaba y practicaba. Uno de esos libros era absolutamente genial: hablaba sobre la personalidad y el comportamiento de las personas en relación a la ropa que llevaban en cada momento, ya fuera de forma habitual o de forma esporádica y los colores que llevaban como medio para conocer su estado de ánimo y sus pensamientos. Era muy preciso. Aquel libro me fascinó. Recuerdo que al principio fabriqué una chuleta de consulta rápida para ir familiarizándome con el tema. No fallaba. En las tertulias, dirigía las conversaciones hacia lo que la ropa indicaba. Solía utilizar esa información para dar apoyo y ánimo, para un buen fín.  

     No obstante, el descubrimiento de los libros de psicología no significó que me olvidara de la literatura. Desde que tomé esa decisión nunca he dejado de escribir. Aún hoy y debido a ti sigo escribiendo cada día. Pero no es lo único. Todos los días tomo el diccionario y busco una palabra. Leo su significado y la aprendo. Contigo aprendí lo que significa amar. Tú me lo enseñaste.

     Mi afición –adicción sería el término más exacto- a la escritura casualmente coincidía con una práctica habitual de Jota. Conocía y se relacionaba asiduamente con gente que escribía. Algunos habían publicado y otros buscaban editor. Casi todos superaban la cuarentena. Era como un club social un grupo de aficionados que no tenían sede ni se reunían de forma regular. Se juntaban y hablaban sobre libros o sobre sus escritos, sobre la forma de abordar el tema, se leían capítulos y los demás daban su opinión. Jota me invitó un día a compartir ese espacio y no me gustó demasiado. Las discusiones eran frecuentes y a veces eran encarnizadas, ya que había cuentas pendientes entre algunos miembros que no se molestaban en ocultar, sino todo lo contrario. Las deudas se lanzaban a la cara sin tapujos, pero con exquisitos modos. Utilizaban el eufemismo como moneda de cambio. En una de esas reuniones a las que asistí, uno de los presentes dijo algo que se me quedó grabado.

- ¿Quieres escribir bien? –respondió a la queja de otro miembro- Pues dí la verdad. No mientas. Ni en la hoja ni fuera de ella. ¿Eso te parece dificil? Por eso eres un mediocre. Cuando lo consigas, escribirás oro puro.

     Aquella respuesta me impactó y la asumí como una revelación. Para escribir bien hay que decir la verdad. Ser sincero. Pero no sólo en las hojas, en la vida real. Nada de mentiras ni medias verdades. Sólo la verdad. Durante años había cultivado la mentira hasta convertirla un arte y de pronto, aquel comentario me pareció de una gran certeza, ya que no necesitaba pruebas para sustentarse. Aquello suscitó un debate interno en mí que más tarde salpicó a Jota. Estábamos de acuerdo en lo esencial, pero no en los detalles. Yo utilizaba la mentira demasiado a menudo y quería dejar de hacerlo, y él aseguraba que la mentira era necesaria en la vida diaria.

     Durante un año acudí al gimnasio de forma regular, casi todos los días antes de ír al trabajo. Jota me reveló que el gimnasio y las pesas me ayudarían a obtener seguridad y me aconsejó acudir a uno. Inicié el entrenamiento muy ilusionado, con la esperanza de endurecer la musculatura de chicle que tenía colapsando mi cuerpo. Allí conocí gente muy agradable que me hizo más llevadero el entrenamiento. El trabajo daba sus frutos en apenas tres meses. A pesar de las ropas anchas que solía llevar, se evidenciaba que mi cuerpo estaba  cambiando, esculpiéndose, tenía más fuerza y mis sensaciones eran distintas. Me notaba mejor, más a gusto, más seguro y eso, de alguna forma, se transmitía a los demás.  

     Por desgracia, en casa, las cosas no iban bien. Con frecuencia, cualquier mínimo contratiempo desembocaba en una batalla. Las peleas con mis padres se habían vuelto una costumbre que iba en aumento. Cada vez iban a peor. Eran más frecuentes, más agrias, más violentas y casi siempre salía peor parado que la vez anterior. Aquellos enfrentamientos llevaban un tiempo que me estaban afectando, y mi carácter se resentía. Era una contienda que iba a perder hiciera lo que hiciera. Eran de ese tipo de luchas en las que incluso el vencedor pierde. En cuanto fui consciente de ese hecho, incapaz de detener esos enfrentamientos, cuando amenazaban con devorarme, tomaba la moto y me marchaba. A veces no regresaba hasta la noche. Mi vida familiar era un cuadro fragmentado que dibujaba una imagen desolada. Nuestros intereses eran muy distintos. No había un deseo de cohesión.  

     Hablaba a menudo de ese tema con Jota. Tenía la extraña virtud de tener la respuesta adecuada a mis tribulaciones, lo que le convertían en mi víctima preferida en mis momentos más dificiles. Sus palabras conseguían tranquilizarme. El también había pasado por lo mismo y me aseguró que eran peores las riñas entre madres e hijas. Los enfrentamientos entre padres e hijos eran ley de vida. Me invitó a escuchar, pero que debía saber en qué tenían razón y en que no. En una de esas conversaciones dijo una frase que nunca olvidaré: “Los padres no siempre tienen razón”.

     En medio de ese proceso de confección de mi nueva y regenerada personalidad, perdí el interés por Lina. Curiosamente, cuando ya no me interesaba, ella pareció tener interés en mí. Jota aventuró que tal vez no estuviera acostumbrada a perder admiradores y eso la hubiera motivado. No  quise ver lo evidente para evitar llevarme otra decepción. Aquellas palabras dejaron de ser una teoría cuando rompió con el que había sido su pareja y venía a buscarme para charlar en las horas y lugares que sabía que podía encontrarme. Una amiga común me expresó sus conclusiones sobre el asunto y que había ciertos rumores sobre nosotros que al parecer, a su ex pareja no le estaban sentando demasiado bien y que probablemente me lo haría saber en persona. No se equivocó, pero eso fue más tarde.  

     El caso es que para evitar problemas y malos entendidos, despaché el asunto dejando de acudir a los sitios habituales. Creí que ese sibilino plan funcionaría, y funcionó, pero con más dificultades de las previstas.

     Casi al mismo tiempo que se apagaba la llama por Lina surgió un nuevo fuego cuando conocí a Elsa, una chica tremendamente especial de la que me enamoré sin demasiada dificultad. Lo cierto es que era fácil quedarse colgado de ella. Sinceramente, no era bellísima, pero tenía ese tipo de belleza que nace de dentro y se proyecta al exterior. Era un encanto, con una personalidad noble, una risa jovial, una mirada que traspasaba y una expresión tierna y cándida en el rostro. Al principio me llamó la atención, pero no podría decir que me enamorara. Tardé  un poco para eso. Ocurrió accidentalmente, como mucho de lo bueno que me ha sucedido. Un grupo de chicos y otro de chicas se encuentran una noche y la química hace el resto. Los dos grupos empezaron a coincidir, cristalizaron y se formó uno solo donde empezaron a florecer parejas. Alguno le pidió a aquella criatura una oportunidad, pero Elsa rechazó la oferta. Me esperaba. Me lo decían sus ojos y las largas conversaciones que manteníamos paseando o sentados en un banco cuando ya todos se habían ido a casa a dormir o a lo que fuera. Un par de veces vimos amanecer y en una ocasión, nuestros labios se rozaron. Todo iba maravillosamente y decidí que era el momento de pedirle una relación. Pero justo antes de que diera ese paso, supe que había otra persona implicada de la que no había tenido noticia, una historia anterior reciente y un malentendido había hecho que todo se rompiera. Lo que había aprendido con Jota chocaba de lleno con mi voluntad y me llevó hacia una decisión difícil pero necesaria: Hacer lo mejor para mí o hacer lo correcto. Lo primero significaba salir con ella. Lo segundo, perderla.

     Para cualquiera, sería una decisión fácil. Pero para mí no lo fue. Estaba en pleno proceso de construcción y elegir lo que parecía fácil hubiera significado destruir todo lo que con tanto esfuerzo había estado construyendo. No quería perder a Elsa, pero tampoco darle carpetazo a todo lo que había estado creando en mí. Me tomé un tiempo para asimilar una decisión que estaba ya tomada.

     La perdí. Así de simple. Yo mismo lo elegí. No hubo otro culpable. 

     Los pocos que conocían aquella historia, que oculté a la gran mayoría de los que se relacionaban conmigo, me aseguraron que había sido una decisión de mucho valor y que eso me ennoblecía. Nadie sabe lo duro que fue renunciar a ella. Durante mucho tiempo después, pensé que si volvía a tener ese dilema, probablemente no tomaría el mismo camino.

    La herida que me dejó aquella hada escondida bajo la piel no fue evidente hasta un tiempo después. Mis relaciones con el sexo opuesto dejaron de interesarme. Me mantuve al margen. En mi interior, esperaba que aquella chica  en cualquier momento volviera a buscarme. Era el secreto deseo que vivía en mí. Esperaba que aquella chica comprendiera que renunciar a su amor era lo más hermoso que habían hecho por ella y que precisamente por eso, merecía que me amara. Tardé un poco en descubrir que la realidad es un drama alimentado por la falta de alcohol.

     De eso hacía casi un año y medio y en ese tiempo muchas cosas habían cambiado. Jota se había marchado a Barcelona a mediados de agosto y yo me había quedado nuevamente sólo y a merced de las malas influencias, a las que parecía tener una gran atracción. Tengo una extraña tendencia a las malas influencias. Son como un imán del que tengo que desprenderme. Soy consciente de ello.   

     Desde la ausencia de Elsa, todo lo que había aprendido durante aquella etapa se había quedado en espera, aguardando algo, una pieza, un elemento que le diera sentido, que hiciera funcionar todo el engranaje, el conocimiento que había adquirido. Me había cultivado solo hacia afuera y debía cultivarme hacia dentro para completar el circulo, el proceso. Me faltaba algo por aprender, algo que no podía encontrar en los libros que leí ni en las películas que ví. Algo que tenía que vivir y comprender. Algo que concernía a mi visión de las cosas, a mi propia sensibilidad. Es lo que me ha proporcionado esta etapa de oscuridad que he vivido no gracias a ti, sino debido a ti.

     Todo ha sido distinto. Cuando Elsa se marchó utilicé el tiempo para aprender sobre las cosas que había fuera. Todo lo contrario que ha ocurrido en esta ocasión, en que he aprendido sobre cosas que había dentro de mí. Como si me hubieran desmontado pieza a pieza, me hubieran hecho una modificación y me hubieran vuelto a montar. Me siento diferente.

     No estaba preparado para afrontar esta relación. Ahora lo sé. Me faltaban muchas cosas que eran importantes para obtener un equilibrio emocional, cosas sencillas pero importantes para sobrevivir en una relación amorosa. Creía tener todo lo necesario, pero no era así.

     Es curioso como suceden las cosas. Inesperadamente, cuando ya casi me había acostumbrado a vivir así, en soledad, cuando no buscaba una piel que acariciar o un lugar en el que descansar, el destino te empujó hacia mí. Fue el destino y no una improvisación de la Vida. Tu eras el elemento necesario en toda aquella ecuación, lo que haría posible que supiera de mis carencias y encontrara las respuestas. A veces sólo se necesita un deseo, un objetivo. Sólo tenía que mirar dentro de mí.

     Tu fuíste la excusa perfecta. Aquella historia estaba abocada al fracaso. Era  un iluso que se alimentó de tu fantasía y tu piel. El destino sabía de tu encanto. Sabía que me obligarías a bucear en mí, a buscar en lugares que nunca había conocido… Me enseñaste a introducirme en ti y en mí al mismo tiempo.

     Eramos ignorantes de todo aquel plan que el destino tenía preparado para ambos. No lo adiviné en tus ojos el día que abriste la puerta de clase y mis ojos descubrieron el laberinto de tu mirada.

    Simplemente me perdí en ella y en tí. Como tantas otras veces haría. Llevaba tanto tiempo soñándote, anhelándote, buscándote sin saberlo… No entiendo como no te reconocí al verte.

     Eras un sueño, una respuesta a una pregunta que nunca aprendí a formular.

NOTA DEL AUTOR: Este texto ha sido retocado, añadiendo párrafos y sustituyendo otros del original. No se si ha quedado mejor.

Puedes ver todos los capítulos de “Crisis” publicados pinchando en este enlace.

escrito por vicente


2 Responses to “El sueño antes de ti (II)”

  1. 1. Carlos ha comentado:

    Aquí faltan un par de párrafos muy ilustrativos. Este se ha maquillado. Me gustaba más el original, es más duro.

  2. 2. Clara Fosk ha comentado:

    Anar descobrint poc a poc el teu interio és un viatge fascinant. He de confesar que aquesta segona composició (i sense poder comparar-ho amb el texte origial) no m’ha produit les mateixes sensacions que el primer. Però sense dubte està genial. Enhorabona!!,

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