Oct 09

Por @Vicent_Mari

     

     Hace unas semanas, la casualidad –el Destino tal vez- hizo que, en las recónditas entrañas del almacén en el que se guardan un montón de cosas inútiles en casa de mis padres, me tropezase con la vieja y polvorienta caja de mi primera máquina de escribir Olivetti. En su interior, compartiendo espacio con ésta, apareció inesperadamente un gran sobre mohoso y húmedo que estaba enrollado. Tomé el sobre con una mezcla de incredulidad y curiosidad y le eché un vistazo. La parte superior estaba abierta y se veía que en su interior había un pequeño puñado de folios escritos metidos en una funda transparente que, afortunadamente había protegido su contenido de la humedad.  

     Saqué las hojas y empecé a leer. Me bastó un breve vistazo al primer párrafo para que un enorme y violento escalofrío me recorriera el cuerpo. Recordaba perfectamente como empezaba la primera frase, eso era todo. Eché un vistazo al número de hojas y el escalofrío no cesó. Se trataba de los dos primeros capítulos y parte del tercero de una historia que empecé a escribir hacía años, en uno de los momentos más críticos y mágicos de mi juventud. Era una de esas cosas que creía perdidas para siempre y que, pese a todo, no había olvidado. Y de repente, cuando ya no esperaba nada, me encontré con ese hallazgo arqueológico que me erizó la piel.

     De hecho, uno de mis recuerdos más nítidos al respecto es una imagen en la que, en la soledad de media tarde, en mi habitación, observaba la pantalla del ordenador, con letra minúscula, en el archivo que había creado hacía menos de dos años al que llamaba “Crisis”, había llegado a la página 1414. En ese momento me detuve mientras escuchaba de fondo las carcajadas de mi hermana y mi madre. Fué como si alguien invisible me tocara el hombro y me dijera al oído “despierta”. Llevaba casi dos años escribiendo frenéticamente, desesperadamente. Todos los días escribía para escapar de los recuerdos, para enterrarlos en un laberinto de palabras, como una forma de enfrentarme a ellos, y también, a mí mismo. Leí los dos últimos párrafos y me dí cuenta de que de tanto escribir, había desarrollado algo indescriptible, algo especial y único. Ese día tomé la decisión de recoger esas palabras, esos pedazos de mí, pegarlos con una solución y transformarlos en un libro.

     Escribí, si no recuerdo mal, seis o siete capítulos, alrededor de ciento veinte hojas. No corregía los capítulos, sino las hojas que escribía en el día. Escribía, imprimía, corregía y volvía a imprimir. Las que había encontrado estaban corregidas excepto las dos hojas que correspondían al tercer capítulo. Me quedé un par de minutos leyendo aquellos fólios en el sitio, incapaz de apartar los ojos de aquellas palabras.

     He llegado a la conclusión de que  todo tiene su momento, y que nada es casualidad. Todo ocurre por alguna razón. Incluso la mirada más trivial tiene su significado. La historia de aquel texto, ese libro inacabado, es curiosa. Siempre hay una historia destrás de los libros que uno escribe o al menos, una razón. Un historia de amor que acabó tragicamente me empujó a escribir para escapar de la tristeza y el recuerdo. Buscaba respuestas o un placebo que me anestesiara el dolor. Escribía y escribía todos los días, varias horas, hojas y hojas con una letra diminuta. Mis dedos volaban sobre el teclado. De las reflexiones y emociones heridas que se plasmaban nació la idea de condensar todo eso y escribir una historia que acabara de enterrar  el dolor. Todo marchaba bien hasta que un día, una visita curiosa encontró la caja de zapatos donde guardaba las hojas y empezó a leer. Le gustaron lo suficiente para pedirme que se las dejara. Era arriesgado porque en aquellas hojas había mucho de mí y no ocultaba ni disimulaba lo que sentía ni lo que pensaba. Era yo al desnudo, en carne viva, con toda la crudeza, sin disfraz ni remordimiento. Cualquiera que me conociera un poco me habría identificado sin problemas y conocido lo más íntimo de mí. Era un riesgo, pero aún así lo hice.

     Aquella visita, sin consultarme, prestó aquel texto a otras personas sin mi conocimiento. Al cabo de poco más de una semana de haberle dejado las hojas, me llamó un amigo común y de pasada, me dijo que eran lo mejor que había escrito nunca, y que estaba esperando leer el final. Y no fue la única felicitación en ese sentido que recibí. De hecho, las cinco o seis personas que tuvieron la fortuna de leer el texto me dijeron que era extraordinario, que cuando iba a terminarlo. Esos testimonios me llevaron a tenerle un cariño especial a ese libro no nato, y cuando recuperé aquellas hojas, decidí no dejar a nadie más hasta que no lo tuviera finalizado debidamente.

     Pero esas alabanzas no fueron lo único que hizo que tuviera una conexión especial con ese libro. Siempre supe, aunque fui consciente más tarde, que el verdadero motivo por el que esas hojas y lo que relataban era especial era porque me habían despojado del miedo, el miedo a mostrarme, a ser quien era, a enfrentarme a los juicios de los demás e incluso a los míos propios. Ese texto me enseñó que la vida es un camino en el que hay momentos en el que uno se pone a prueba, a veces por voluntad propia y la mayoría, empujado por las circunstancias. El relato, que bautizé como “Crisis”, el archivo que había escrito durante casi dos años, está trufado de pensamientos, reflexiones, conclusiones, diálogos y sobre todo vida en estado puro y latente, en el que las palabras se transforman reflexiones que culminan en emociones. Pero pese a que fué impulsado por una historia que terminó mal (los que habéis leído “Una historia de amor” ya sabéis de qué hablo), ”Crisis” no es una historia de desamor ni de amargura, sino de  valor y de búsqueda para encontrar respuestas que lleven a la felicidad. Es un relato de vida y emociones que se abren camino. Pero más allá de esto, aunque hubiera pasado desapercibido, el verdadero éxito de esta historia a medio terminar es que me enseñó quién era yo, a que cosas podía renunciar y lo que era importante para ser feliz. Es, con toda seguridad, mi obra más íntima y personal.

     El relato empezó siendo mío y de pronto adquirió vida propia. Es lo que pasa con la mayoría de mis escritos. Llega un momento en que alcanzan la madurez, avanzan por sí sólos y me utilizan como un vehículo para llegar a su fín. Me gusta pensar que, a pesar de sus palabras y su lenguaje muchas veces descarnado e insolente, “Crisis” es la historia de una persona por apartar la paja que hay en la vida y encontrar la felicidad. Es mi historia como podría ser la de cualquier otro. De hecho, estoy seguro de que en muchos otros lugares, en este u otros momentos, todos nos hemos enfrentado a nosotros mismos y a las circunstancias a  las que inexorablemente pertenecemos. 

     Releí las hojas y en ellas descubrí expresiones, pensamientos, emociones y mucho de mí que había quedado perdido en el tiempo. Sentí una furtiva sensación de nostálgia que inundó mi pecho y me sacó una sonrisa. Me sentí orgulloso de aquellas hojas. Somos lo que vivimos, lo que decimos, lo que pensamos, lo que hacemos. Eso nos define.

     Mi intención, para evitar que se pierda otra vez, es publicar  en la sección “originales” los dos capítulos y el prólogo, que conservo escrito a mano en una libreta, para que todos los lectores de Mennta puedan disfrutarlo. Espero que lo hagan tanto como yo disfruté escribiéndolo.

     Como he dicho antes, “Crisis” es una búsqueda de respuestas. Tal vez se pregunten por qué no terminé el libro.  Esa es una incognita nueva que intentaré responder.

     Quizá sea este un buen momento para hacerlo. Las cosas no pasan por casualidad. Debería descubrir donde están los capítulos que faltan…

escrito por vicente


One Response to “Encuentro con las emociones perdidas”

  1. 1. Clara Fosk ha comentado:

    si el que tens per ensenyar-nos te la meitat de sentiment i magnetisme que el que ens expliques amb aquest article, estic segura que serà tot un èxit. Et desig tota la sort del món i l’únic consell que m’atreveixo a donar-te és que confiis amb la planeta dels teus somnis.

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